
El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de Ciudad de México, Diego Armando Maradona levantó el brazo izquierdo durante una fracción de segundo y tocó la pelota antes de que llegara Owen Dalglish. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser no lo vio e Inglaterra tampoco pudo probarlo. Argentina ganó 2-1 y siguió camino al título mundial. Ese gol, que Maradona llamó «la mano de Dios» y el mundo entero vio en cámara lenta, quedó como uno de los momentos más controvertidos del fútbol.
Para los argentinos implica algo más difícil de definir: una mezcla de picardía, audacia y gloria que dice algo sobre quiénes somos. En el Mundial 2026, ese gol no existiría: la inteligencia artificial lo hubiera detectado en milisegundos, antes de que el árbitro parpadeara. ¿La IA nos hubiera privado de ese acontecimiento que tanto dice sobre quiénes somos?
La pelota con la que se juega este torneo lleva sensores internos que registran 500 mediciones por segundo: velocidad, spin, posición exacta en el espacio. 30 cámaras de seguimiento por estadio rastrean la trayectoria de cada jugador y de cada pelota en tiempo real. El sistema de posición semiautomática de fuera de juego, conocido como SAOT, procesa toda esa información en milisegundos y puede determinar con precisión milimétrica si hubo contacto de mano antes de que el árbitro parpadee.

El VAR ya no es el VAR tosco de hace una década: es una infraestructura de inteligencia artificial que modela en tres dimensiones la posición de cada extremidad en el momento del impacto.
Si esa tecnología hubiera estado en el Azteca aquella tarde de junio, una alerta automática habría llegado al asistente de línea; en cuestión de segundos, la jugada estaría revisada y el gol no habría sido convalidado.
¿De qué estaría hecha la identidad de quienes vivimos ese partido si el gol hubiera sido anulado? Para los que estábamos ese día frente al televisor ese momento implicó la certeza de que Diego había hecho trampa y, al mismo tiempo, había sido genial, que habíamos ganado con la mano y con el talento que dio este país, impuro, nuestro.

Esta ucronía futbolística prueba que la existencia de la IA puede cambiar el tipo de historia que una generación se cuenta a sí misma. Los que crecimos con un fútbol imperfecto, con árbitros que se equivocaban o miraban para otro lado y con decisiones que quedaban sin respuesta observábamos también así el mundo.
Italia 90 y otro fallo decisivo
Pensemos ahora en Italia 90, la final con Alemania. Faltando 12 minutos y con el partido 0 a 0, Gabriel Calderón recibió la pelota dentro del área, encaró, y Lothar Matthäus le arrastró el pie de apoyo haciéndolo caer. Codesal no pitó. A cinco minutos del final, el mismo árbitro sí cobró: Roberto Sensini fue a buscar la pelota y Rudi Völler, al sentir el mínimo contacto, cayó. Codesal lo sancionó.

Andreas Brehme convirtió el penal. Alemania salió campeón. El penal a favor que no existió y el penal en contra que no debió existir son parte de esa capa de injusticias históricas que el ojo humano no pudo resolver y que una cámara de seguimiento hubiera diseccionado en milisegundos.
Cómo funciona la tecnología del Mundial 2026
La tecnología que hoy tiene la FIFA cambia las historias que se cuentan desde ahora. En el Mundial 2026, la Football AI Platform desarrollada junto a Lenovo combina datos de seguimiento de jugadores, modelos de lenguaje y análisis táctico en tiempo real.

El sistema puede responder preguntas como “¿qué le pasa al equipo cuando pierde la pelota en el minuto sesenta?” con datos de toda la temporada, procesados en el momento. El gemelo digital del estadio, una réplica virtual que modela el campo y los jugadores en tres dimensiones, anticipa jugadas y analiza patrones invisibles en tiempo real para el ojo humano.
El hub de producción que transmite este Mundial ocupa 45 mil metros cuadrados y maneja la señal de todos los partidos con herramientas de inteligencia artificial que antes requerían cientos de personas. Los sistemas de rendimiento físico como EPTS monitorean la carga muscular, los patrones de movimiento y la calidad de cada sprint, y esa información llega en tiempo real al cuerpo técnico. Hay cámaras que detectan expresiones en la tribuna. Hay algoritmos que predicen lesiones antes de que ocurran.
Si todo eso hubiera estado en el Azteca en 1986, el partido más famoso de la historia argentina hubiera sido otro partido. Pero también más vacío de esa cosa rara que tienen los momentos imperfectamente humanos en que la realidad se tuerce y queda una marca que no se borra.

Lo que la IA habría cambiado en la memoria argentina
Los que fuimos testigos del 86 tenemos algo que las generaciones que vienen no van a tener de la misma manera. Creo que pensar en lo que hubiera cambiado, porque dice algo sobre lo que la tecnología hace con las historias que nos contamos sobre quiénes somos.
Quienes éramos pibes en el 86 fuimos moldeados por esa imperfección, justicia poética. Si la IA hubiera anulado el gol de Diego, nos habrían privado de la única victoria que el orden mundial no nos quería dar. La Generación X creció respirando el silencio de la dictadura y el dolor todavía vivo de Malvinas. Ganar, por eso, era una forma de reparación. El gol con la mano fue un acto de reparación simbólica y la certeza de que, por una vez, el débil podía torcerle el brazo al poderoso.
La IA no solo habría rectificado un marcador, habría formateado una mentalidad para la realidad que nos tocó heredar. Quienes crecimos con el fútbol de los ochenta llevamos en el ADN el peso y el orgullo de saber que lo justo no siempre coincide con lo reglamentario.
Tal vez, las máquinas nos hubieran hecho ciudadanos de un país más prolijo, pero nos habrían dejado huérfanos de la picardía que nos mantuvo enteros en las crisis.
Confieso que viendo el final del partido de Portugal vs Croacia, en el que el VAR anuló (correctamente) un gol a los 103 minutos al croata Josko Gvardiol, pensé, ¿hace falta tanta perfección matemática en el futbol?

