El rey está desnudo

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El presidente Javier Milei

Como siempre, el recetario liberal enriquece a los poderosos a la par que multiplica en los humildes la pobreza, las deudas y las necesidades.

Las promesas de mejoría, de brotes verdes, de luz después al final del túnel, todas esas ficciones son falsedades generadas para ocultar la verdad: el proyecto de un país para pocos que implica la dolorosa devaluación del país de los muchos.

Escuché, azorado, el diálogo entre Carlos Pagni y Joaquín de la Torre, personaje que representa, sin duda, un claro ejemplo de la fe del converso, alguien que perteneció al campo popular y lentamente fue abandonando todas sus convicciones de ayer. Joaquín de la Torre se refería peyorativamente a un sacerdote, el encargado del CIAS (Centro de Investigación y Acción Social), Rodrigo Zarazaga, como ‘los Zarazaga de la vida’, cuando él no logró aportar a nuestra empobrecida sociedad ningún elemento válido ni digno de consideración. Se ocuparon durante unos minutos de reivindicar el país de las estancias, como si aquella Argentina hubiera encontrado su lugar en el mundo a partir de la concentración de las tierras, de los descendientes de alambradores, de la dependencia de Inglaterra y de la enorme pobreza que sembraron, sin asumir siquiera dos elementos clave de la historia: la Revolución Industrial y la democracia.

“La patria no se vende” no fue solo una consigna, sino la recuperación de una mínima dignidad que jamás deberíamos haber transgredido ni intentado desconocer. Considerar a los millones de endeudados como un problema entre privados —Caputo dixit—, cuando fue el Estado el que, para impedir el creciente precio del dólar, definió tasas de una rentabilidad sideral y llevó a tanta gente a una coyuntura de la cual le es difícil o casi imposible salir, una vez contraída su deuda. Un Estado genuino y responsable pondría límites tales como: “Ninguna entidad pública o privada tiene derecho a más que duplicar la deuda de cualquier persona que haya necesitado del dinero de la sociedad para resolver su situación individual”.

Las encuestas, aun las mejor pagas, repiten que el Gobierno no puede ganar en primera vuelta y mucho menos, en segunda. Frente a esa coyuntura, debemos esperar el momento en el cual los mercados, ese poder superior al voto de la sociedad, le impongan al régimen una limitación concreta, que será la del valor de la moneda. Aparecen ya candidaturas liberales a presidente, cual testimonio concreto de que los más lúcidos toman nota de que al señor Milei le va a ser imposible repetir su hazaña.

Claro que, así como Alberto Fernández dejó al campo nacional y popular en su mayor nivel de degradación histórica, Milei va a terminar dejando al supuesto liberalismo en una situación donde, para la derecha, va a ser difícil durante un largo tiempo volver, salvo que sus herederos sean de una ineficiencia tal que lo equiparen o igualen en sus errores, cosa que hasta el momento a todos nos resulta absolutamente imposible.

Si pensamos en la bestialidad del ajuste de Milei y sus secuaces, la disolución del coro de niños marca la perversión de un gobierno que no vino a ahorrar, sino simplemente a destruir. El dato de que se haya aportado a la provincia de Jujuy un número de valor económico mayor que a la de Buenos Aires en mejora de las rutas desnuda un modelo según el cual, empobreciendo a la provincia de Buenos Aires, se va a sembrar una miseria que le impedirá elegir a su heredero.

Joaquín de la Torre termina proponiendo una solución que es, sin duda, continuidad de aquella del napalm o del regalo de la provincia, la eliminación del cargo de gobernador, en una clara muestra de que este personaje, que alguna vez fue intendente, tiene plena conciencia de que por más que la mediocridad de la política esté instalada, no llega al nivel necesario como para imponer un candidato de su catadura. Estamos ante un discurso irracional, de una llamativa agresividad, que muestra a las claras cómo aquellos sectores oportunistas, seguidores del poder de turno, toman conciencia de que su éxito y su logro fueron pasajeros.

Hay periodistas y políticos a quienes, después del anunciado patético final del actual presidente, les va a costar demasiado ocultar, disimular o superar la exageración de su pequeñez, de su obsecuencia, de su oficialismo a cualquier costo, en síntesis, de la construcción de una supuesta ideología cuyo elemento central era simplemente el odio a los más débiles.

El padre Zarazaga es capaz de construir una investigación sobre la provincia de Buenos Aires basada en el conocimiento y la solidaridad que perturba y enoja a algunas miradas susceptibles de apoyar la destrucción, el aislamiento o la eliminación lisa y llana de la figura del gobernador. En rigor, este grado de liberalismo sin solidaridad no soporta proceso electoral alguno, porque en alguna medida, cuando hablan de riesgo “Kuka”, están soñando con que sean los mercados los que elijan los gobiernos frente a una ciudadanía silenciosa que los escuche y se humille ante ellos.

No me canso de reiterar que hay una opción que une, que nos permitió un triunfo por el 14%, y otra que divide y trabaja para el enemigo, aquella donde perdimos desde la provincia de Buenos Aires al resto del país y redujimos nuestras fuerzas a casi la mitad.

Néstor y Cristina no tuvieron piedad contra el Menem que los había derrotado ni mucho menos contra los Duhalde que los habían instalado. Quien quiera recuperar la conducción del movimiento nacional, aquel espacio que convoque a peronistas, radicales, socialistas y hasta a conservadores, debe actuar de la misma manera, eliminando todo atisbo de retorno a aquellas causas que generaron la decadente conducción que hoy tanto perjudica a nuestro país.

Insisto en que el peronismo es solo un recuerdo que dio votos y ahora ya no los aporta, pero tenemos la remembranza de aquella patria que acompañó a Canadá, México y Brasil en su grandeza, ocupando un lugar de paridad con esas naciones. Hoy es el liberalismo el que nos reduce a la triste comparsa de los países derrotados del continente, de aquellos que no pudieron superar el cruel destino de ser colonia o patio interno del poder de Estados Unidos.

Los endeudados, desocupados y empobrecidos se acercan a los dos tercios de la sociedad, lo cual convierte en una utopía el triunfo de cualquier fuerza de derecha, cualquier esquema conservador que intente rescatar del actual gobierno decisiones rentables para las minorías, pero que nada tienen que ver con el resto de la sociedad.

En la última parte del año, la visita del Santo Padre marcará duramente los límites de la injusticia. En el presente, la Iglesia recupera los valores del ser humano por encima de los de la riqueza y del egoísmo; una sociedad digna es aquella que tiene integrada a la mayoría de sus habitantes, como lo logró Europa, como lo están logrando algunos países hermanos y como estamos nosotros cada vez más lejos de hacerlo.

No es cuestión de hablar del peronismo, que sin duda fue una lúcida etapa de nuestro pasado, sino del patriotismo. Ese que fue convocado por Perón en el 73, cuestionado y vaciado por la violencia sin sentido de los grupos guerrilleros, y que hoy necesitamos recuperar como siempre. El patriotismo es lo permanente, puede tener sus variantes peronistas, radicales, socialistas o conservadoras, pero en rigor, la carnadura de la patria y su amor a ella nos permitirán tener una burguesía industrial para ser un buen país capitalista con un pueblo trabajador que acceda dignamente a sus puestos de trabajo.

Por eso, se equivocan aquellos que creen que hubo una consigna o un eslogan que expresaba ‘la patria no se vende’. Era un acto de fe, la manifestación del dogma de toda conciencia bien nacida; el resto es un mal pasajero.