La compra de cazas F-16 por parte de la Argentina y los planes de Chile para renovar sus aviones de combate reavivaron el debate sobre el equilibrio militar entre ambos países. Sin embargo, Andrei Serbin Pont sostuvo que las adquisiciones responden a la necesidad de modernizar las Fuerzas Armadas y recuperar capacidades postergadas, y no a una carrera armamentista.
Durante una columna en Infobae al Mediodía, el especialista explicó que las compras militares no implican necesariamente una escalada bélica. Para evaluar si existe un proceso de rearme, señaló, hay que considerar las amenazas que enfrenta cada país, la evolución de sus presupuestos, los cambios en sus capacidades y la orientación de sus políticas de Defensa.
La Argentina busca recuperar capacidades militares
La incorporación de los F-16 permitió a la Fuerza Aérea Argentina comenzar a recuperar su capacidad de combate supersónico, perdida en 2015 con la retirada de los Mirage. La renovación de esos aviones era una demanda de la institución desde la década de 1990, pero su concreción se demoró durante años.
La actualización también alcanza al Ejército y la Armada. La Argentina recibió ocho vehículos blindados Stryker y solicitó otras 235 unidades para equipar a la Décima Brigada, destinada a operaciones de despliegue rápido. Los nuevos vehículos reemplazarán medios sobre orugas de la década de 1960.

En el ámbito naval, los aviones P-3C Orion permiten modernizar las capacidades de patrulla marítima y sustituir aeronaves anteriores que acumulaban años de servicio y presentaban limitaciones tecnológicas. A esas adquisiciones se suman los planes para incorporar submarinos y buques de superficie.
Serbin Pont destacó que las tres fuerzas necesitan renovar sus sistemas y que la compra de una plataforma no resuelve por sí sola todas sus necesidades operativas. En ese sentido, explicó que buena parte de las incorporaciones argentinas apunta a recuperar capacidades perdidas o reemplazar equipamiento obsoleto.
Chile también prepara el reemplazo de sus aviones
En Chile, el anuncio de un proceso de estudio para sustituir los F-5 generó repercusiones similares. Esos aviones acumulan más de cinco décadas desde su desarrollo y su eventual reemplazo se proyecta para después de 2031, dentro de un programa de mediano y largo plazo.
La Fuerza Aérea chilena opera 46 F-16: diez adquiridos nuevos en 2006 y el resto incorporado mediante operaciones con aeronaves usadas. Esa flota le permitió mantener durante años una ventaja en determinadas capacidades de combate aéreo frente a la Argentina, que demoró la renovación de sus sistemas.
El analista explicó que la diferencia se profundizó después de 2000, cuando Chile aprovechó oportunidades en el mercado internacional para incorporar cazas, aviones de reabastecimiento en vuelo, aeronaves de alerta temprana y buques. Mientras Santiago avanzó con esas adquisiciones, Buenos Aires dio de baja sistemas o postergó su reemplazo.
La llegada de los F-16 argentinos contribuye a reducir parcialmente esa brecha. Sin embargo, Serbin Pont descartó que las decisiones de ambos países respondan a una competencia por la superioridad militar. Según su análisis, las diferencias actuales son consecuencia de distintos ritmos de inversión y modernización, no de una disputa bilateral.
Los presupuestos no muestran una carrera armamentista
La evolución del gasto militar es uno de los argumentos centrales del especialista. Según los datos que presentó durante la columna, la Argentina destina alrededor del 0,56% de su producto bruto interno (PBI) a Defensa, mientras que Chile pasó de asignarle el 2,6% en 2008 al 1,52% en la actualidad.
Para Serbin Pont, estas cifras no reflejan una expansión sostenida del esfuerzo militar de ninguno de los dos países. Aunque las adquisiciones incorporan nuevos sistemas, muchas de ellas buscan reemplazar equipos antiguos o recuperar capacidades que habían quedado fuera de servicio.

El analista planteó cuatro criterios para distinguir una modernización de un proceso de rearme: la existencia de una amenaza concreta, un incremento significativo del gasto o de las capacidades militares, la búsqueda de una ventaja estratégica decisiva y la adopción de una doctrina ofensiva.
A su juicio, ninguno de esos factores permite hablar de una carrera armamentista entre Buenos Aires y Santiago. La Argentina no considera a Chile una hipótesis de conflicto y la política de Defensa chilena tampoco identifica a Buenos Aires como una amenaza vecinal declarada.
Tampoco observa una estrategia destinada a obtener una ventaja militar decisiva sobre el país vecino. Si bien Chile mantuvo durante años una superioridad en determinados componentes, la incorporación de los F-16 argentinos reduce parcialmente esa diferencia. Para el especialista, ese cambio no supone una escalada, sino una recuperación de capacidades.
Por último, ambas políticas de Defensa están orientadas a la disuasión y no plantean un enfrentamiento entre sus Fuerzas Armadas.
La cooperación bilateral frente a las versiones de conflicto
Serbin Pont también destacó el vínculo construido entre ambos países durante las últimas décadas. El Tratado de Paz y Amistad de 1984 y los mecanismos de cooperación militar contribuyeron a superar antiguas disputas limítrofes y consolidar la confianza bilateral.

Como ejemplo, mencionó los entrenamientos conjuntos recientes entre paracaidistas chilenos y fuerzas especiales argentinas. Esas actividades, sostuvo, reflejan una relación institucional que contrasta con las versiones sobre un enfrentamiento inminente.
El analista aclaró que las Fuerzas Armadas deben contemplar la posibilidad de que las condiciones estratégicas cambien y surjan nuevas amenazas. Esa previsión forma parte de la planificación militar, pero no significa que exista actualmente un conflicto en el horizonte.
La renovación de los equipos argentinos y chilenos responde, según su análisis, a necesidades operativas acumuladas durante años. Para evaluar esas decisiones, consideró necesario observar la antigüedad del material, las capacidades que cada país busca recuperar y la evolución de sus presupuestos, en lugar de interpretar cada adquisición como una señal de hostilidad.
Al concluir su columna, Serbin Pont cuestionó las versiones difundidas en redes sociales que presentan las compras militares como un anticipo de una guerra entre ambos países. “No vengamos a caer en la dinámica de X, que dice que estamos al borde de una guerra”, advirtió.
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