
Argentina parece haber hecho un pacto con la épica. El sufrimiento ya es parte del camino. Así vive la Selección. Así compite. Así construye una identidad que ya trasciende a los nombres propios. Sin sufrimiento no hay paraíso.
El 3-1 sobre Suiza fue una nueva demostración de carácter. De una convicción inquebrantable para sobreponerse a los momentos adversos y encontrar respuestas cuando el partido amenaza con escaparse. Argentina volvió a hacer lo que hacen los campeones: resistir, reaccionar y golpear en el momento justo.
El desarrollo parecía encaminado desde temprano. La Selección controló el trámite desde el inicio y encontró rápidamente la ventaja gracias a un impecable cabezazo de Alexis Mac Allister. Ese gol le dio tranquilidad y terminó por anestesiar el primer tiempo. Suiza mostró muy poco, apenas insinuó alguna aproximación aislada y nunca encontró la forma de inquietar seriamente a Emiliano Martínez. Lionel Messi participó menos que de costumbre, pero el dominio argentino nunca estuvo realmente en discusión.
Sin embargo, este Mundial ya enseñó que ningún partido se resuelve antes de tiempo. Y Suiza salió al complemento decidido a cambiar la historia. Encontró espacios por el sector derecho, empezó a incomodar y aprovechó una buena jugada colectiva para alcanzar un empate que cayó como un baldazo de agua fría. Durante varios minutos, Argentina perdió el control y el partido entró en una zona incómoda, esa donde aparecen las dudas y los fantasmas.
La historia cambió con la expulsión de Breel Embolo. La tarjeta roja desactivó el impulso suizo y le devolvió la iniciativa a la Selección. Lionel Scaloni entendió el momento y apostó fuerte: acumuló futbolistas ofensivos, adelantó al equipo y decidió que la victoria había que ir a buscarla. Tal vez no apareció el mejor fútbol, pero sí la determinación. Y cuando el talento colectivo no alcanza, este equipo siempre encuentra otra virtud para sostenerse.

Entonces apareció Julián Álvarez. Hasta aquí, el delantero no había logrado tener el impacto esperado en este Mundial. Pero los grandes futbolistas tienen esa capacidad para elegir el instante indicado. Recibió, perfiló el cuerpo y definió con el pie abierto, al ángulo, con la categoría de los jugadores distintos. Fue el desahogo de un equipo que nunca dejó de creer.
Con Suiza en el suelo, Argentina encontró espacios y terminó liquidando el partido para sellar un 3-1 que quizás resulte más amplio de lo que reflejó el desarrollo, pero que terminó premiando al equipo que siempre quiso ganar.
La clasificación también confirma una tendencia que atraviesa toda la Copa del Mundo. Argentina todavía no deslumbró desde el juego. No fue una máquina de fútbol ni dominó a sus rivales de principio a fin. Pero casi siempre fue superior. Cuando el brillo no aparece, emerge el carácter. Cuando el circuito futbolístico se corta, aparece la rebeldía. Cuando el partido se ensucia, este equipo encuentra una manera de imponerse.
Ahora el horizonte ofrece un desafío mayúsculo. En semifinales espera Inglaterra. Un rival de jerarquía, uno de los candidatos al título y un adversario que, para el fútbol argentino, siempre carga con un peso simbólico imposible de ignorar. Será otra batalla para la historia. Y si algo demostró esta Selección es que, cuando la historia llama, nunca deja de responder.
